Contando historias en los muros, se resignificó una realidad color de hormiga

“No vuelvas, esto está muy caliente, de pronto de pasa algo”, le decía Nancy a su novio Néstor hace unos siete años atrás. Su amor nació en el colegio, pero con el surgimiento de las guerras entre las veredas, Néstor no podía visitar a su pareja, pues transitar por las escaleras que unen a las Veredas el Ajizal, Los Gómez y el Pedregal, comprometía su vida.

Este espacio público fue una frontera invisible y territorio de enfrentamientos entre las bandas; una guerra ajena a las personas trabajadoras de estas veredas de Itagüí, que por un tiempo separó al amor, a los vecinos, a los amigos y a los familiares. Con el rencor infundado por terceros, en esa época reinaba el miedo y la desconfianza en el otro.

Esta realidad color de hormiga fue la que impulsó la intervención del territorio por parte de un grupo de jóvenes, quienes, a partir del color, de la memoria y de las historias, quisieron resignificar un contexto permeado por la desconfianza.

Las escaleras, símbolo de la violencia del sector, fueron intervenidas por la Fundación el Hormiguero mediante colores vivos y palabras que invitaban a la sana convivencia. Los habitantes de las veredas empezaron de nuevo a reencontrarse, a recorrer las escaleras, y a partir de ese momento se inició un proceso de recuperación de la confianza y de construcción del tejido social.

Festival Color de Hormiga

Conectar historias con la comunidad, fue la idea que le dio vida al primer Festival Color de Hormiga. A partir de una investigación de la memoria con los habitantes del barrio, en el 2017 se pintaron las historias de sus fundadores, quienes impulsaron la construcción de la acción comunal, el acueducto y las carreteras de las Veredas. Los murales ilustran sus rostros francos y sus manos labradoras de la tierra. En esta oportunidad se pintaron 39 murales distribuidos por el territorio del corregimiento.

Ya en el 2019, en el segundo Festival, se contaron en los muros las visiones de los jóvenes de la vereda, se representaron algunos de sus rostros, cómo veían su barrio, qué querían observar en su realidad y su diálogo con la naturaleza. En esta oportunidad, se llegó a 90 murales distribuidos en el corregimiento y otros barrios del municipio.

Artistas locales, nacionales y extranjeros, de manera voluntaria se vincularon, y decidieron plasmar su arte con causa social, “muchos extranjeros nos conocen a través de las redes sociales, y expresan su deseo de pintar un mural. Y cuando llegan aquí, no se quieren ir, la formalidad de las personas los enamora”, nos cuenta Richard, líder de la escuela de muralismo del Hormiguero.

Este evento, nace de la comunidad, es para la comunidad y se hace en comunidad “es muy bonito ver cómo todos quieren aportar un gratino de arena en cada Festival. Los artistas y las personas del barrio se unen para sacar adelante los murales. Los que no pintan, ayudan con los almuerzos, con la logística, cargando las pinturas o las escaleras”, afirma Richard.

Los murales, no sólo cuentan la historia de sus habitantes y de sus luchas, sino que embellecen el sector y son referentes de encuentro para propios y extraños.

Fundación El Hormiguero

El Hormi, como se le conoce en el barrio, no sólo es reconocido por sus intervenciones en el espacio público a través de los murales, pues en su sede, personas de todas las edades pueden recibir o dar clases de distintas expresiones culturales, “tenemos clases de música, de danza, de artes visuales, escuela de muralismo, escuela de Grafiti y un salón adicional, que posteriormente lo vamos a convertir en Ludoteca para los más pequeños”, así lo afirma Daniel Bustamante, cofundador del Hormiguero.

Los mismos habitantes del corregimiento, desde sus profesiones específicas, ofrecen sus servicios en calidad de voluntariado, que van desde las actividades administrativas hasta las clases culturales, “tenemos diseñadores gráficos, artistas, comunicadores, hasta señoras que quieren impartir clases de costura”.

En época de pandemia muchas clases se encuentran suspendidas y algunas se imparten a través de la virtualidad, “con una donación que nos llegó de Estados Unidos armamos todos los implementos que necesitan los niños para sus talleres y se los enviamos a sus casas. También, compramos mercados para la gente del barrio” nos cuenta Juan Galeano, líder de gestión de proyectos de la Fundación.

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